John D. Rockefeller

«Titan», la biografía de Rockefeller el magnate del petróleo

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John D. Rockefeller falleció a los 96 años, aunque hizo lo posible para llegar a los cien. El legado de este millonario del petróleo perduraría, a través de sus dos facetas más importantes: la industrial y la filantrópica. Ron Chernov explica los orígenes de la leyenda de Rockefeller y su sucesión en el libro «Titan. The life of John D. Rockefeller, Sr.”.

La biografía de Rockefeller se remonta en los Estados Unidos del siglo XIX. Una época caracterizada por la expansión territorial y los roces entre estados que culminarían en una guerra civil. También fue la era de las diferentes «fiebres» industriales como la expansión del ferrocarril, la construcción de los canales o la búsqueda de oro en California. 

En esta nuevo continente donde existían recursos a mansalva para explotar, Rockefeller empezó su carrera profesional como contable en una sociedad de compra y venta de mercancías.

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En Cleveland también fundaría «Rockefeller & Andrews» y sería partícipe del auge del petróleo, que entonces se utilizaba sobre todo para la iluminación urbana. También tenía otras aplicaciones como en la medicina. Pero la búsqueda de petróleo era con el fin de venderlo para quemar, como sustituto del carísimo aceite de ballena.

Este interés alimentó las perforaciones en distintas regiones de Estados Unidos. Pero cada hallazgo de un yacimiento provocaba una espiral especulativa, que afectaba gravemente a la economía. Las estimaciones del crudo escondido bajo tierra elevaba el precio de la propiedades. De repente, los pequeños terratenientes de aquella región se enriquecían. Esta situación atraía a todo tipo de personajes, que podían rascar algo de esa atmósfera de prosperidad.

La perforación de los primeros yacimientos fue indiscriminada. El boom del petróleo en Titusville, en el estado de Pensilvania, fue un ejemplo. Cada productor se preocupó de obtener el máximo rendimiento de su concesión. El exceso de la oferta hundió los precios. Con el barril a menos de un dólar, los emprendedores, sobre todo los que se apuntaron a última hora, difícilmente recuperaron sus inversiones. Y mucho menos se enriquecieron, como lo hicieron los primeros productores.

El nacimiento de la Standard Oil de Rockefeller

La constitución de la Standard Oil coincide con la entrada de Rockefeller y sus asociados (principalmente Henry Flagler) en el negocio de refinamiento de petróleo. En aquellos momentos, todo lo relacionado con el petróleo eran aventuras empresariales con un futuro incierto. Standard utilizó la adquisición de una refinería de Cleveland, para beneficiarse del creciente consumo de crudo. Y, al mismo tiempo, aprovechaba las ventajas competitivas de destilarlo en distintos derivados.

Las aspiraciones de Rockefeller iban más allá de mantener una sola fábrica. Standard Oil aprovechó el contexto de expansiones y contracciones, para adquirir otras refinerías con problemas financieros. En 1872 llegaría a absorber un total de 22 de los 26 competidores de su región. Este paso estratégico, elevando la cuota de mercado hasta niveles de monopolio, se conocería como la «masacre de Cleveland».

En aquellos momentos, a los tycoons del ferrocarril como Gould o Vanderbilt les interesaba rascar la espalda de Rockefeller. Ésta era la principal consumidor de transportes. Al llenar los trenes de mercancías, Rockefeller recibía descuentos extraordinarios, a través de rebates. Ésta era una ventaja diferencial y una práctica desleal en comparación con sus competidores.

Los movimientos de Rockefeller además de aumentar beneficios, le permitían situarse como un actor indispensable en distintas fases de la cadena de valor. Primero fue en la refinería, pero más adelante Standard Oil también controlaría el transporte, refinamiento y venta minorista. Sólo se distanció de la fase de producción, que dejaría para los temerarios y emprendedores interesados en la especulación.

Hasta entonces, Estados Unidos no había visto nada igual a la Standard Oil. Nunca una empresa se había aprovechado tanto de su poder de concentración de mercado. A principios del siglo XX, la empresa se convirtió en un gran pulpo con distintos tentáculos que administraban refinerías y redes de distribución en distintos estados. Todos ellos organizados a través de trusts que se reunían en el número 26 de Broadway, en Nueva York. Sólo las empresas internacionales, con intereses petrolíferos en Europa o Rusia (Nobel o Shell), podían hacerle sombra.

La vida de Rockefeller después del petróleo

Rockefeller se retiró a los 63 años. El éxito del motor diésel y la introducción comercial del coche como producto de masas llegaría años más tarde. Pero también viviría desde la jubilación el escrutinio público a su empresa. Primero sería a través de las acusaciones de Ida Tarbell en una secuencia de distintos artículos periodísticos. Más adelante el departamento de justicia de Estados Unidos emprendería acciones legales contra las actividades que habían convertido a Standard Oil en un imperio.

La compañía fue acusada de violar las leyes de competencia recopiladas en la Sherman Act. Sobre todo por usar su posición de monopolio en distintos estados. Los descuentos serían la punta de pajar del juicio. Los letrados encontraron pruebas que culpaban a la Standard Oil de manipular los precios, con tácticas como la formación de la Southern Improvement Company, junto con otros magnates d de los ferrocarriles.

La sentencia de «Estados Unidos vs. Standard Oil» obligó a dividir el conglomerado en diferentes empresas independientes. Actualmente, éstas las podemos identificar con el nombre de Chevron o Marathon Oil. Irónicamente, esta disolución benefició a Rockefeller, a través de las nuevas acciones que recibió de cada una.

En lugar de perjudicar a Rockefeller, la división de Standard Oil la reportó una mayor riqueza

La tarea de Chernov para tejer la biografía de Rockefeller en el libro «Titan» es compleja. Pasados estos años, a Rockefeller le quedó mucho tiempo para gastar su fortuna. Durante este período le dedicó sobre todo a las actividades filantrópicas, jugar al golf y poner en práctica las relaciones públicas. A la vez, también le tocó gestionar las relaciones familiares, tanto con sus hermanos, como con su línea sucesoria. Siendo el más destacado su hijo John Junior.

Para el lector aficionado a las biografías de perfiles industriales, esa parte es la menos interesante. Es donde Chernov desgrana las iniciativas benéficas de Rockefeller que terminaron en la creación de institutos de investigación, museos y centros religiosos.

Chernov también explica las actividades de John Junior, del resto de hijos Rockefeller, y también de los nietos. Lo hace en profundidad, aunque algunos habían contactado poco con el patriarca. Por ejemplo, su hija Edith le vio en contadas ocasiones durante los últimos veinte años de vida. Considero que sin esta última parte, habría material suficiente para entender toda la trayectoria del magnate del petróleo.

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